Todo sobre Almodóvar

Todavía no entiendo por qué extraña razón en España no se valora a Pedro Almodóvar como se hace en Francia, Italia o los Estados Unidos. Si nos ponemos a analizar las claves, la respuesta puede estar en una reacción reaccionaria de la mitad de la población, aquella a la que todo lo que suene a rojo o underground le molesta. Aunque tampoco es del agrado de una cierta parte de la progresía; la más pudorosa, frívola y snob, que dicen estar por encima de las modas. Posiblemente para el público mayoritario que consume hamburguesas de blockbuster el sabor a marginalidad y mitomanía no sacien su paladar como una buena big mac de Bruce Willis aderezada con salsa Vin Diesel y patatas Adam Sandler (con todos mis respetos para los tres).

No es que sea un fan a ultranza del manchego, pero sí es cierto que para un cineasta de éxito, un verdadero autor, que hay en el panorama patrio; escuchar tanta crítica negativa me lleva a pensar si lo que están haciendo mis convecinos es ejercer el noble arte de la envidia. Decía Borges que la envidia era un rasgo típicamente español porque se trata del único país del mundo que la utiliza incluso en sentido positivo. Por ejemplo, cuando alguien tiene una buena cualidad esa es envidiable.

En cualquier caso me propongo reivindicar lo positivo de los films de Almodóvar y a ello voy. El de Calzada de Calatrava no sólo ha colocado un cine que jamás ha vivido una edad de oro (a diferencia del americano, francés, italiano, alemán o británico) en la órbita cultural mundial. En los cafés más bohemios de Mont Martre se habla de los colores de los vestidos de la Paredes, en los restaurantes más hipster del Soho neoyorquino todavía se sorprenden del introspectivo trabajo de contención de Darío Grandinetti en la trascendental “Hable Con ella” y los habitantes de toda la vida del Trastevere se preguntan cuando irá Pedro a rodar a la ciudad eterna como hizo Woody. Muchas personas de muchos países han visitado España gracias a Almodóvar. No por nada es Doctor Honoris Causa en Harvard o Caballero de la Legión francesa, aunque esas son superficialidades del país que inventó el séptimo arte y del que mayor esplendor le ha dado.

Almodóvar es un cineasta absolutamente honesto, nunca ha ocultado sus filias ni sus fobias y sus películas tratan, de un modo u otro, de su vida. Su complejo edípico, que Marisa Paredes, Cecilia Roth, Penélope Cruz o Carmen Maura siempre sean madres, no viene de la nada. Su obsesión por su progenitora queda irreversiblemente latente, en el buen cine nada es fruto del azar. Simplemente ha encontrado esa fuerza que sale de dentro, que un autor necesita para escapar del frívolo artificio de contar historias de usar y tirar y así convertir a sus personajes en seres vivos que comen, duermen, aman y sueñan mientras uno hace lo mismo. Lo que transforma un material tan delicado como el celuloide en un dulce bálsamo que lava conciencias, que despierta las imaginaciones más aturdidas y que nos coloca ante la dureza, la emoción y la belleza de la vida. Lo hace creíble. Todo ello viene de un profundo dolor, de obsesiones enterradas en el magma del alma, de un conflicto cuya solución parece posponerse eternamente mientras los monstruos siguen creciendo en el patio de nuestra sociedad obviando las claves intelectuales que aporta el arte.

Ha sabido mostrarnos con una estética personalísima, magistral, las virtudes y defectos de un país pícaro y mojigato, religioso y laico, decente y tramposo a la vez. En sus películas conviven amigablemente travestis y monjas, putas y militares, jueces y asesinos, actrices y secuestradores. Recuerdo como una genialidad la pareja de la Guardia Civil paseando por el mar mientras un amado lee su carta de amor a su otro amante, paradójico, ¿no?, provocador, sin duda. En todo ese cúmulo de existencias encuentra un lugar en qué tejer su compleja telaraña moral, cuyas ramificaciones van de la deuda folclórica con el franquismo hasta el cambio generacional, la nueva ideología que ha ido creciendo en los felices y difíciles 80, pasando por los quehaceres diarios de un país que poco a poco se fue mudando del campo a la ciudad, de los cencerros al neón. Una telaraña que pone toda su fuerza en la dignidad de los más apartados, sin obviar la levedad del éxito o lo efímero de una etiqueta. Ingredientes combinados de manera que, a veces, roza el ridículo por su artificiosidad, pero que otras en cambio están movidos por un poderío visual (que no puede salir más que del alma) y pasan por encima de toda clase de convenciones para llegar al ojo del espectador con la energía de la verdad, la más pura de las bellezas.

Por último señalar que ha sabido encontrar un lenguaje cinematográfico para transmitir su extraño universo. Ha partido de una narrativa clásica de tres actos  y se ha ido enriqueciendo de influencias bastante reconocibles. Toda la vida ha amado el cine y, sin limitarse a contar películas en sus películas (el cine no va de películas, va de la vida), se nota la sombra alargada de los melodramas de Douglas Sirk en los colores, de RW Fassbinder, Fellini, Berlanga, referencias constantes a Hitchcock y su misma manera de manejar el suspense, guiños cinéfilos a “La noche del cazador”, “Eva al desnudo”, “Un tranvía llamado deseo” o una adaptación más bien libre de “Los ojos sin rostro” en “La piel que habito”. Por no hablar de la fascinación por el mundo de la farándula, constante en sus films. No escapan tampoco sus influencias (que se retroalimentan) a sus coetáneos, por ejemplo Leos Carax, Aki Kaurismaki o Todd Solonz son cineastas formados más o menos al mismo tiempo, algunos influídos directamente por él, otros sin perderle de vista.

No me gustan todas sus películas, unas no me gustan nada, algunas me gustan mucho y determinados momentos como la escena del túnel de “Todo sobre mi madre”, son de lo mejor que se ha hecho. Momentos de esos que parece que una mano divina los guía para legarnos una sensación extraordinaria, única al menos por un instante, maravillosa. Gran cine. Gran cineasta.

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Los pies de Uma. El cine y las mujeres.

Machista, clasista, perverso es mi gran amigo. Compañero de feriantes y malhechores que buscan la tiniebla para alargar las yemas de sus dedos y hundirlos en el pecado bajo el tapiz de un rescoldo de celuloide, instrumento vivo de los sueños, tambor vibrante de las emociones. ¿Cuántos bastardos concebidos a la luz del tragaluz en la vieja ciudad portuaria?

El amigo crece y se escapa del recinto, pasa a los teatros y se convierte en la gran epopeya, una aventura apadrinada por el gran caballero verde, ese que lleva la cara de George Washington y que en el país de Abraham Lincoln libra la gran batalla de El nacimiento de una nación. De la nación a la pseudonación que acaba de nacer en una colina vecina a Los Ángeles.

Hollywood, madera de acebo, combustión y materia prima de los estudios que se construyen en esos suelos áridos del sur de California. Ya todo está montado, preparado para la gran revolución económica, social y cultural; el gran capital americano empieza a frotarse los bolsillos, ahora ya es otra cosa y los bastardos de las ciudades portuarias van al cine con sus novias biempensantes sacadas de El gran Gatsby. El cine está empezando a expandirse pero las salas aún conservan esa atmósfera humeante, sucia y malvada; huella de su origen humilde y del gran esfuerzo que genios como Georges Meliès o David W. Griffith hicieron para sacarlo adelante y convertirlo en lo que es. Es el momento de sentarse en la butaca y disfrutar de la película. Y de la compañía.

A lo largo de los años esa revolución cultural fue tomando forma en claroscuros, sombreros y zapatos de gangster, puertas que se abren y tras ellas viene una pistola, hombres rudos montados a caballo y una considerable cantidad de alcohol y tabaco. Al fin existía un modelo, el nuevo gran país allén de los mares disponía de un referente cultural, más popular, más moderno, acorde con los nuevos tiempos. Los americanos ya no querían saber nada más de Shakespeare, la Inglaterra victoriana, Luis XIV o Felipe II; ellos tenían el poder y a ellos les correspondía el papel de decir como tenían que ser las cosas con su invento demoníaco patentado por los franceses.

El caso es que el tipo duro, alcohólico y fumador insaciable se convirtió en el icono por antonomasia de la masculinidad en los nuevos tiempos, en los países nuevos, y en los viejos también. El cine comenzaba a extenderse sin control como un virus y con él una nueva idea del mundo encabezada por machos a medio camino entre el hampa y la administración, entre el virtud y la vicio. ¿Quién no quería fumar como Humphrey Bogart, caminar como Henry Fonda, beberse una botella de whiskey de un trago y seguir en pie como Robert Mitchum o andar por la vida con esa recalcitrante chulería de galán sureño como Clark Gable? Pues igual que había un modelo de hombre, también lo había de mujer.

Las mujeres en el cine han tenido diferentes papeles a lo largo de la historia, pero siempre un peso innegable. Asumiendo como cierta la máxima de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, para bien o para mal, toca hablar de la costilla de Adán.

Las ha habido de muy diferentes tipos pero si con alguna imagen nos podemos quedar, como gran estereotipo, es con la femme fatale del cine negro o film noir. Es cierto que parece una pésima imagen, el machismo ha esculpido en la figura de Eva la serpiente y la manzana como revancha poética de quien tiene la sartén del dólar por el mango; pero esto no es más que una visión superficial. Si bien es cierto que cuando vemos Perdición (Double Indemnity, 1944) de Billy Wilder, nos acordamos de Barbara Stanwyck y de toda su ascendencia por las maldades que le propina al idiota de Fred McMurray o vertemos toda clase de improperios contra Vivien Leigh (Escarlata) por traer de cabeza al dandy Rhett Butler en Lo que el viento se llevó; no es menos cierto que ellos son unos auténticos cabrones. En cualquier caso ellas forman parte de un imaginario en el que son fundamentales porque están dotadas de un poder capaz de hacer cambiar el rumbo de las cosas. El conflicto de la película no está en un maletín, está en la musa, en la figura inalcanzable, en el Ulyses que aspira a poseer la belleza de Penélope, en Dante y Beatriz, en Alonso Quijano combatiendo molinos por el amor de Dulcinea de Toboso. La sombra del arquetipo permanece todavía anclada en la esencia del cine como antes lo hizo en la literatura y los roles que cada uno de los dos sexos adoptan, aunque formen parte de una estrategia de asimilación cultural, no vienen de la nada, existían antes del cine; están en la vida misma. El cine lo único que hace es darles una nueva imagen bajo la luz de las convenciones y de la estética derivada de éstas.

Pero no sólo ha habido mujeres fatales en el cine. La luz y la belleza que aporta el sexo fuerte no se acaba ahí, por su historia también han pasado estupendas damas como la Ingrid Bergman de Casablanca, extraordinario contrapunto romántico de un romántico (valga la redundancia) envuelto en la piel de un insensible traficante de salvoconductos. También hemos crecido con las rubias de Hitchcock, con Eva Marie Sant agarrándose fuerte al brazo de Cary Grant; o con un enamorado y manipulador Sean Connery desentrañando la maraña psicológica de Marnie, ladrona y frígida, interpretada excelentemente por Tippi Hedren (por cierto, madre de Melanie Grifith) . O esa Kim Novak de la que se obsesiona James Stewart en Vértigo (1958) y pretende convertirla en su creación, una especie de Pigmalión  postpsicoanalista. O qué decir de esa elegante Grace Kelly que parecía sacada de la Vogue cuando da ese beso lleno de luz en cámara lenta al inválido James Stewart de La ventana indiscreta. O aquellos otros pequeños besos que Hitch mandó dar a Cary Grant contra, otra vez, Ingrid Bergman en Encadenados (1946), rompiendo todo concepto de estética y pedagogía del beso hasta ahora aprendido y burlando la censura del mojigato Código Hayes, que imponía no excederse de un tiempo en el contacto bucal; así, en pequeñas cucharadas, el bálsamo se hizo elixir de los dioses. Éste beso es una de las más grandes creaciones del maestro inglés, muy por encima del concepto de MacGuffin.

Pero quedan más tipos de mujeres, la sufridora esposa del vaquero en travesía que espera como esperaban las viudas del mar. También las chicas de los burdeles, algunas dignificadas con los años por películas como Sin perdón (Unforgiven, Clint Eastwood 1992). Otras en cambio sirven de lanzadera de la revolución sexual como la fuerte Viena (interpretada por Joan Crawford) de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) en el primer western feminista de la historia.

Todo esto unido a un progresivo endulzamiento de la personalidad masculina, da lugar al hombre moderno, inseguro y con gafas que luego repetiría hasta la saciedad Woody Allen como trasunto del héroe vigoroso de otro tiempo, cosas así harán que las tornas vayan cambiando. Ahora tenemos a otro tipo de mujer.

Del cine más reciente conocemos grandes heroínas, implacables, que conducen coches a gran velocidad y se pueden pasar horas y horas en el bar hablando de sus conquistas entre birra y birra. Lesbianas valientes de manicomio como en Inocencia interrumpida o tiburonas de altas finanzas como en Armas de mujer. Ahora es el momento en que Tarantino da vía libre a las ninfas de su retorcido universo edípico bebiendo del pie de Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer (From dusk till dawn, Robert Rodríguez 1995) o con los preciados pies (otra vez, resaca buñuelesca tal vez) de Uma Thurman por los que Marcellus Wallace (Ving Rhames) tiraba por la ventana a Antoine. Tiempos en que las chicas son pistoleras, las niñas asesinas como en la inconmensurable The wire o las ocho malvadas femmes, de François Ozon, cómplices de un crimen. Y antes de todo eso el  cruce de piernas de la Stone, que otorgó al sereno femenino las llaves de la ciudad en que se podía jugar con las ilusiones de los hombres después del sufrimiento padecido por Inés Orsini como Virgen de Goretti o las Dos mujeres (1960) de De Sica, ¿alguien dudó alguna vez que el cine les concediese el placer de la venganza?

Como punto final al panegírico femenino aquellos nombres que a través de la pantalla hemos ido saboreando como quien saborea un gran vino. Las dulces, maravillosas, frágiles, rectas, brillantes, exultantes, valientes, cobardes, cariñosas, violentas, exuberantes, pasionales, preciosas Sofía Loren, Monica Bellucci,  Catherine Z Jones, Joan Fontaine, Marlene Dietrich, Zsa Zsa Gabor, Katy Jurado, Sophie Marceau, Sara Montiel, Marylin Monroe, Paz Vega, Irene Jacobi, Vera Miles, Kathryn Hepburn, etc… Además, con los años, debemos incluir una nomina in crescendo de directoras y productoras, cosa que antes no pasaba.

Sin ellas esta aventura hubiese varado en cualquier peñasco, sin ellas nadie en el equipo hubiese ido a trabajar a día siguiente. Sin ellas no habría habido ni películas, ni libros, ni canciones. Sin ellas no habría mal estar porque no habría bien estar y el cine, como el resto de artes, no tendría nada que decir de nada.

Posiblemente ningún hombre entienda a las mujeres, posiblemente tampoco entienda las películas, es más, posiblemente al igual que Oscar Wilde, tendría que amarlas en lugar de entenderlas (ídem para las películas). En definitiva esa es la razón por la que nunca nos cansamos de mirarlas, ante una luz u otra, haciéndonos reír y sufrir, escribir obras, levantar edificios y cualquier otra excentricidad como escribir estas letras, porque sabemos lo que son, porque sabemos por Montesquieu que los hombres hacen las leyes y las mujeres la costumbre, ergo las mujeres hacen las leyes. Porque un mundo sin ellas sería mejor o peor, pero sería insoportable, incluso más que sin cine.

 

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Lo que sé del Amour.

Es el cine un medio de expresión extraño, complejo, cercano a la realidad, aparentemente fiel a la vida y esencialmente tramposo. Nadie ha dicho que haya sido pensado para divertir o para hacer reflexionar, es libre de ser lo que quiera, si acaso somos nosotros los que nos posicionamos ante él como se posicionan los planetas ante el sol; orbitando en el arbitrio de verlo como puro entretenimiento o como una herramienta precisa de conocimiento, un viaje en tren a la verdad.

Con esa última premisa, al artista le corresponde estar siempre en constante aprendizaje; como aquel personaje de Paul Auster que, cuando se encontraba con un amigo para un café o iba a ver un partido de los Knicks, estaba trabajando. La capacidad de atención está al máximo y en cualquier circunstancia uno puede encontrarse cara a cara con la verdad, la materia de la que se nutre la creación.

“Amor”, de Michael Haneke, es precisamente eso, un ensayo lúcido, la búsqueda de una verdad, la del amor; la verdad con mayúsculas. El amor es el tema más tratado en las artes desde los albores de la humanidad y aquí nos encomendamos al maestro alemán (o austríaco) para que, desde su punto de vista (ninguna obra puede ser objetiva), nos sumerja en la vida de dos amantes pasajeros al final del viaje de la vida, a punto de llegar a la estación. Choca en Haneke el afán de adentrarse en la intimidad de un sentimiento (¿?) como el amor, estamos más acostumbrados a los restos de mal en su bisturí. Pero ese bisturí ahora rezuma vida, convierte en brillo fragmentos perfectos con absoluta verosimilitud y nos muestra con enorme habilidad cómo en una existencia que merma, el amor encuentra cobijo y se convierte en la única fuerza en contra de la inercia de la muerte. Ninguna medicina puede funcionar ya pero las flechas de Cupido han calado tan hondo que el alma se defiende contra viento y marea y se alza con dignidad, aunque sea en vano; con la dignidad que atesora un arrugado Jean-Louis Trintignant, como en todos sus papeles, soberbio. Aquí interpreta a un marido anciano de una mujer, también anciana, con la que ha vivido toda su vida, con la que ha tenido una hija que con frecuencia viene a visitarlos, y nunca para solucionar problemas. Una pareja burguesa con una vida acomodada en un céntrico apartamento de París, del que nunca salimos a airearnos y que contribuye a situarnos en una atmósfera densa en la que pasan cosas, simplemente pasan cosas, y eso ya es la hostia. Las cosas que pasan son la sombra de una vida de amor y de música, de una enfermedad nerviosa que va deteriorando a la vieja amada a los ojos del viejo amante. De unos ojos que observan con la calma que lo hacen los mayores, que les hace impermeables (o estoicos) a la maldad que el maestro bávaro nos ofrece de forma inquietante en el antiguo pupilo, o en la poco apropiada praxis de la enfermera, canalizado en inteligentes diálogos de rabia contenida y pudor, dónde, a poco que uno se sumerja puede ver jirones de un mundo lleno de perversidad. Hay un sinfín de reflexiones que subyacen, de decisiones que se toman diariamente y ante las que el director nos coloca con su habitual maniqueísmo haciéndonos testigos de una falsa frialdad que en realidad esconde un volcán, colocándonos fuera del plano, dándonos los mínimos detalles de lo que va a acontecer para que mastiquemos esa realidad como quien mastica un puñado de tabaco, sin filtros; ruda y bestial. No nos enteramos pero nos va colocando lejanos, como el teatro brechtiano, hipnotizados por la sutileza de unos planos largos, sin dar detalles que nos aproximen a una realidad que se nos escapa, en la que el protagonista puede reaccionar de cualquier manera sin que podamos predecirlo, porque lo que está en juego es la vida misma y no una convención cinematográfica.

Amor es una película que no se podría contar mejor de otra manera, es escoger un modo de narrar al servicio de una narración que no admite otras convenciones si no ese tedioso minimalismo, que funciona en sí misma y que converge con sabe dios que normas del universo que convierten lo sutil del arte en belleza y sabiduría. Es un catálogo de imágenes y de sonidos cotidianos, de dentro de una casa cualquiera, que van esculpiendo una realidad que nos habla de un amor cotidiano, maduro, cocinado a fuego lento, como los platos de la abuela; como aquellas cosas que nunca pasan de moda; como el amor, como el amor culpable que se esboza en la comprensión que Trintignant manifiesta ante el yerno adúltero, asomo quizás de una rémora que empuja a la supervivencia, pero nunca expresado de manera explícita, respetando siempre la inteligencia del espectador; dando lo mínimo posible obtenemos nosotros lo máximo.

En definitiva es una película diferente, y genial, e inolvidable; y aunque suene extraño en Haneke, es puro amor.

 

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Esperta do teu soño

Un solpór no cabo Vilán, as ondas golpeando a terra, o mar esculpindo as rochas durante séculos de erosión. Unha canción popular ou unha canción sinfónica celta, o son da alborada, as gaitas poñendo a pel de pita ó ritmo do Antergo Reino nunha aldea do Courel. Un prato cheo de crustáceos do noso mar, tamén polbo á feira e empanada ou unha ración de raxo bañados cun bo Alvariño ó pe da Ría de Arousa. A compaña dunha moza loira nas terrazas aledañas á catedral de Compostela, ou escapar con ela por estradas curvas, pasando de vagar por colinas de prados verdes da Mariña luguesa ou de bosques de castiñeiros milenarios da Ribeira Sacra acompañados do doce son da choiva no cristal da noitiña de brétemas; eiquí máis que en ningún sitio un fenómeno meteorolóxico alcanza o grao de arte. A mesma choiva acariciando os muros dos mosteiros, igrexas e termas da provincia de Ourense. É millor marchar, coller un barco e percorrer unha costa accidentada de 1700 kilómetros de lonxitude facendo cóxegas ás mans de deus descansando na  costa, atravesando os cantís de San Andrés de Teixido, a Torre de Hércules, Fisterra ou a Ría de Vigo.

O contrapunto a esta épica felicidade é un país tradicionalmente emigrante, aínda hoxe. A pesares das choivas cada verán ardemos en centos de perigosos incendios provocados por infructuosos eucaliptos e temerarios pirómanos. Unha rede de comunicacións eternamente en construcción habita os soños escépticos dos galegos. Unha taxa de paro altísima e unha chea de políticos inútiles e empeñados en mergullarnos aínda máis no desastre. Unha sociedade decidida a renegar da súa lingua, da súa cultura e por ende posiblemente avergoñada da súa familia. Gasto cero en investigación e desenrolo e unha xuventude abocada obrigatoriamente a opositar (non hai moitas alternativas). E todo iso por non falar de que nas nosas rúas, sobre todo no rural, non se ven máis que vellos, unha poboación envellecida na que non podemos pór as nosas esperanzas de dinamización do lugar. A que agora non é tan bonita?

Dun tempo a esta parte vemos Galicia coma quen ve o Camiño de Santiago, coma un sendeiro cheo de encanto, de meigas, de luces e sombras. Coma un excelente spot publicitario que vai encher as nosas terrazas de madrileños cheos de petrodólares. Unha experiencia efímera, vacía. Hai un tópico en Galicia que reza que a nosa terra é un bo lugar para vivir pero malo para facer turismo, á vista da soidade que trasmite o final do verán eu diría que ven sendo o contrario. Esperta do teu soño fogar de Breogán.

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Esperta do teu soño

Un solpór no cabo Vilán, as ondas golpeando a terra, o mar esculpindo as rochas durante séculos de erosión. Unha canción popular ou unha canción sinfónica celta, o son da alborada, as gaitas poñendo a pel de pita ó ritmo do Antergo Reino nunha aldea do Courel. Un prato cheo de crustáceos do noso mar, tamén polbo á feira e empanada ou unha  ración de raxo bañados cun bo Alvariño ó pe da Ría de Arousa. A compaña dunha moza loira nas terrazas aledañas á catedral de Compostela, ou escapar con ela por estradas curvas, pasando de vagar por colinas de prados verdes da Mariña luguesa ou de bosques de castiñeiros milenarios da Ribeira Sacra acompañados do doce son da choiva no cristal da noitiña de brétemas; eiquí máis que en ningún sitio un fenómeno meteorolóxico alcanza o grao de arte. A mesma choiva acariciando os muros dos mosteiros, igrexas e termas da provincia de Ourense. É millor marchar, coller un barco e percorrer unha costa accidentada de 1700 kilómetros de lonxitude facendo cóxegas ás mans de deus descansando na costa, atravesando os cantís de San Andrés de Teixido, a Torre de Hércules, Fisterra ou a Ría de Vigo.
O contrapunto a esta épica felicidade é un país tradicionalmente emigrante, aínda hoxe. A pesares das choivas cada verán ardemos en centos de perigosos incendios provocados por infructuosos eucaliptos e temerarios pirómanos. Unha rede de comunicacións eternamente en construcción habita os escépticos soños do galego. Unha taxa de paro altísima e unha chea de políticos inútiles e empeñados en mergullarnos aínda máis no desastre. Unha sociedade decidida a renegar da súa lingua, da súa cultura e por ende posiblemente avergoñada da súa familia. Gasto cero en investigación e desenrolo e unha xuventude abocada obrigatoriamente a opositar (non hai moitas alternativas). E todo iso por non falar de que nas nosas rúas, sobre todo no rural, non se ven máis que vellos, unha poboación envellecida na que non podemos pór as nosas esperanzas de dinamización do lugar. A que agora non é tan bonita?
Dun tempo a esta parte miramos Galicia coma quen mira o Camiño de Santiago, coma un sendeiro cheo de encanto, de meigas, de luces e sombras. Coma un excelente spot publicitario que vai encher as nosas terrazas de madrileños cheos de petrodólares. Unha experiencia efímera, vacía. Hai un tópico en Galicia que reza que a nosa terra é un bo lugar para vivir pero malo para facer turismo, á vista da soidade que trasmite o final do verán eu diría que ven sendo o contrario. Esperta do teu soño fogar de Breogán.

 

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